lunes, 17 de enero de 2011

PARQUE DE ATRACCIONES DE MADRID, AÑO 1989 (I)



El último verano de los 80 será recordado por muchos como el año del PASAJE DEL TERROR. Aquél verano mucha gente pasó serios apuros en el Viejo Caserón del Parque de la Casa de Campo... entre ellos yo mismo.
Aún puedo sentir la sensación de terror que me produjo ver por primera vez la fachada de ese caserón tétrico, en apariencia abondonado y cubierto de hollín. A la entrada me topé con un cartel de chapa en el que un monje abría su brazo con el único fin de atraparnos. De su boca salía un enorme chorro de sangre que nos mostraba su agonía e insensibilidad ante el dolor... todo porque en realidad estaba muerto, como todos los moradores del PASAJE DEL TERROR. Unas imponentes letras blancas y rojas que representaban el color de la hemoglobina nos recordaban que nos entrabamos en un lugar peligroso, inexplorado, un abismo de sensaciones nunca experimentado. Me quedé petrificado. Era demasiado para mi y eso que, pese a sólo tener 13 años de edad y haber visto unas cuantas películas de terror en cines de verano y en VHS, nunca había experimentado algo como aquéllo en vivo.
Mis pasos se dirigían dubitativos para ver aquél espectáculo más de cerca, pero a medida que me acercaba el miedo era mayor. No podía comprender cómo alguna mente calenturienta había ideado aquéllo. Entonces empezaron a surgirme dudas: "¿de qué va esto? ¿qué hay en el interior de esa casa?" Dudas que quedaron resueltas en pocos minutos, cuando escuché gritos de pánico que provenían de la salida. La gente salía despavorida, muchos con las camisas rajadas y sudando. Sus rostros transmitían terror en estado puro. Rostros sin expresión, aturdidos, que buscaban un poco de calor humano tras la experiencia vivida. Lágrimas, alaridos, incluso alguna risa temblorosa que pretendía sacudirse el terror acumulado. Aquéllo era como volver a nacer para los desdichados visitantes. Si algo podía percibir en todos ellos era una enorme sensación de alivio, pasados unos instantes de salir de aquél infierno. Ahora sus caras volvían a recomponerse, necesitaban compartir lo vivido con aquéllos que no fueron lo suficientemente valientes para entrar. Entonces me pregunté: "y yo, ¿será capaz de adentrarme en ese horror?" Sin pensarlo dos veces saqué una moneda de quinientas pesetas del bolsillo y fui corriendo hacia la taquilla. Ese mismo año había librado una batalla similar en el Feria de mi ciudad, cuando subí al Ranger (Martillo) superando uno de mis miedos más ancestrales. Así que me armé de valor y saqué la entrada sin dudarlo. Antes de dirigirme a la cola para entrar busqué a mi tía. Le di un beso y le dije que iba a entrar al PASAJE DEL TERROR. Señalé con el dedo tembloroso hacia el caserón, iluminado en ese mismo instante con un sobrecogedor trueno que me hizo dar un bote, aterrado. Mi tía sonrió y asintió: "estás loco entrando ahí, estás obsesionado con las cosas de terror". No le faltaba razón a mi tía, a la que le di otro beso, este casi parecía de despedida. Fui a paso ligero hasta el caserón hasta que por fin estaba haciendo cola, no quedaba mucho para descubrir qué espantoso misterio se escondía allí dentro. Miré hacia atrás y vi también a mi prima, ella sonreia incrédula de la hazaña que estaba a punto de realizar. Giré la cabeza y escuché una voz seria y fria como un témpano. Las chicas que estaban delante mía murmuraban nerviosas, alguna se agarró a mi brazo. El terror había que compartirlo. Aquél hombre zombificado, inanimado, nos puso al tanto de las normas que debíamos seguir dentro de la casa. No correr, no tocar a nada ni a nadie. Nos aseguró que nadie nos tocaría, lo cual supuso un gran alivio para todos. Aún recuerdo con emoción aquél momento. Sus ojos se clavaron en mis ojos como dos dardos. "Tú serás el guía" me dijo. "Al final de la escalera hay una puerta con un picaporte. Llama tres veces y alguien te abrirá. Suerte". No podía creer lo que estaba oyendo. No pude articular ni una palabra, mis labios apenas se movieron. Era demasiado tarde para rechistar. Ya todos aquéllos miedosos acompañantes se habían colocado detrás mia. Resignado y tembloroso subí el primer escalón de aquélla tétrica escalera. Ya no había marcha atrás. Aquél instante me transmitió una enorme responsabilidad: tenía que proteger a esa gente. Ese instante de valor fue estéril cuando subiendo los últimos escalones me topé con una cortina entreabierta que dejaba pasar una luz tenue y misteriosa. Lleno de espanto y cautela corrí aquélla tela mugrienta, descubriendo ante mi una espeluznante puerta de la que colgaba un desvencijado picaporte. El terror recorrió mi cuerpo de tal forma que tardé unos segundos en reaccionar. Un intenso olor a madera y vela impregnaban el estrecho recibidor. Un haz de luz recorría la puerta de un extremo a otro, iluminando sutilmente el ventanuco situado en el centro. Estábamos a punto, pensé, de traspasar a otra dimensión, una dimensión desconocida pero de la que, si salíamos vivos, recordaríamos el resto de nuestros días. Sin más espera mi brazo se dirigió hacia el aldabón, tirando de mi. Mi mano se posó en aquél viejo artilugio y golpeó una vez la puerta. Un intenso TOC nos enmudeció a todos. Miré hacia atrás y podía ver a la cara del miedo en su estado más puro. Muchas chicas estaban encogidas, temblando, alguna soltó una lágrima. Notaba varias manos tirando de mi camiseta, presas de un pánico desconocido. Golpeé dos veces más el aldabón. Ya no había marcha atrás. Tras la puerta escuché pasos y lo que parecía ser una voz quebrada, que gritaba con insistencia. Estaba a punto de contemplar todos mis miedos en vivo. Estaba paralizado. Como la res que asume su muerte al entrar en el matadero...

2 comentarios:

  1. Felicidades al autor del blog por saber plasmar perfectamente en el mismo aquellos momentos que rodeaban la visita a tan famosa atracción. No he tenido la suerte de enmudecer de miedo dentro de aquellas paredes, pero seguro que estos relatos me transportan a una experiencia parecida. Felicidades.

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  2. gran relato, me siento completamente identificado con lo que viví hace unas semanas siendo el guía en el Viejo Caserón

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