martes, 18 de enero de 2011

PARQUE DE ATRACCIONES DE MADRID, 1989 (II)



Un desconcertante golpe se escuchó tras la puerta. De repente, y para la desagradable sorpresa de todos los que estábamos allí, el ventanuco se abrió desde el otro lado. De entre las sombras apareció un rostro que nos hizo chillar a todos, incluido yo, que me pegué a la pared sobresaltado. Un rostro pálido, lleno de heridas y costras, nos miró analizándonos en todas direcciones. Fue un momento de verdadero impacto. Apenas nos dio tiempo de sentir un escalofrrio cuando el ventanuco se cerró con celeridad. Casi instantaneamente, la puerta se abrió ante mi emitiendo unos ensordecedores chirridos, mientras una turbadora sinfonía de ruidos sobrenaturales y golpes se percibía en la sala contigua. El olor a cera era aún más intenso. Una mano apareció tras la puerta portando un candelabro. Nos asomamos todos al unísono para descubrir finalmente qué nos esperaba allí dentro, en ese umbral de lo desconocido. De nuevo aquél rostro apareció ante nosotros, tan solo iluminado por la suave luz del candelabro. Era una figura grotesca con una túnica, que balanceaba su cintura transmitiendo impaciencia. Pude ver su rostro con más detalle, tenía los ojos saltones y le faltaban casi todos los dientes. No podré olvidar cuando aquél ser con una joroba pronunciada abrió su boca: "¡Pasad, os estábamos esperando!" Se dio media vuelta y se marchó, con macabra algarabía. Di dos o tres pasos y entré en una sala muy poco iluminada, tan solo unos cuantos cirios colocados en un altar alumbraban la estancia. Ahora comprendía los gritos de todos aquéllos que salían despavoridos por la puerta de salida. Era un lugar espantoso, una especie de abadía impregnada de muerte. Nada de lo que que allí habitaba parecía estar vivo, ni siquiera el ser que nos había invitado a pasar. De nuevo, y por sorpresa, apareció de las sombras un monje alto, con barba prominente y un terrorífico aspecto, con unas espantosas heridas en el rostro que recordaban a la lepra. El monje se desplazaba hacia nosotros mientras unos siniestros cantos gregorianos sonaban de fondo. Se colocó tras el altar y sin mediar palabra comenzó a hablar en un tono pausado pero contundente. Aquél ser de ultratumba tenía un enorme torrente de voz, algo que nos heló la sangre a todos, que sólo deseábamos salir de aquél infecto lugar. "Los eternos moradores del PASAJE DEL TERROR os dan la bienvenida. Vais a transitar por un laberinto lleno de desagradables sorpresas." Mientras recitaba, la palma de su mano pasaba lentamente por encima del fuego de un enorme cirio, demostrando que era ajeno al dolor. Por su aspecto mortecino, el monje debía llevar muerto varios siglos. Tras una breve pausa, nos señaló a todos con su dedo índice, y esbozando una siniestra mueca terminó su presentación: " De vosotros, únicamente de vosotros dependerá llegar a vuestro destino. Suerte. Y que vuestros dioses os acompañen". Inclinó su cabeza y se dirigió hacia una especie de barrotes que comunicaban con otra sala. Los arrastró con inusitada violencia, y descubrimos sobresaltados que se trataba de una compuerta. Con un delicado ademán nos invitó a salir de aquella sala, mostrándonos un oscuro y tenebroso pasillo...

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