

El monje cerró la compuerta con extrema violencia. Todos chillamos a la vez. Comenzamos a andar por el nuevo escenario. La oscuridad del pasillo era casi total. Tan solo una luz que provenía del fondo nos guiaba por aquélla estancia lúgubre. A medida que avanzábamos lentamente pude apreciar por algunos detalles que nos encontrábamos en lo que parecía ser la entrada de un cementerio. Algunas lápidas tiradas por el suelo hicieron que me ubicara rápidamente. Flores resecas, telarañas... la poca luz que había en el pasillo dejaba entrever lo que nos esperaba allí dentro. El silencio era total. El grupo iba andando al ritmo que yo marcaba, un ritmo lento y dubitativo. Todos íbamos agarrados por la cintura en un estado de catarsis que nos unía para combatir el miedo. La chica que tenía detrás me clavaba las uñas en la espalda, pero el dolor era lo de menos. Estaba aterrado y los que iban tras de mí lo notaban. Alguna joven empezó a llorar y algún hombre soltó una carcajada irreverente, ajeno al miedo generalizado. Un enorme trueno iluminó el cementerio y pude ver todo con detalle durante una fracción de segundo, lo que me asustó mas si cabe. En realidad nos desplazábamos entre dos hileras de nichos entreabiertos, muchos de ellos destrozados. Aterrado, supe que un sobresalto era inminente pues estábamos totalmente expuestos al peligro, ajenos a lo que habitaba en ese escalofriante lugar. Un golpe seco hizo que el grupo se apoyase contra la pared. Los gritos eran ensordecedores. Un ser de ultratumba había salido de un nicho alargando su brazo con la intención de capturarnos. Su rostro cadavérico y los jirones de lo fue un traje fúnebre se me quedaron grabados en la retina. El pánico se apoderó de todos nosotros, y una vez recompuestos empezamos a aligerar el paso. Todos me empujaban para que huyera de lo que parecía ser un zombi.
Al salir de aquél pasillo llegamos a otra sala mucho más grande, con lápidas por todas partes y unos barrotes a través de los cuales pude ver una figura encorvada. Un fogonazo de otro trueno me permitió ver un abominable zombi arrastrando una enorme pala. El sonido estridente de la pala a ras de suelo era insoportable. Fijé la mirada en aquella criatura y comprendí que era la misma que había salido del nicho, y ahora nos estaba persiguiendo. De nuevo volvimos a estar entre tinieblas. El zombi empezó a golpear la pala contra los barrotes con una fuerza sobrehumana. Una chica cayó al suelo arrastrada por otros tantos que se apoyaron en un nicho. Reinaba el caos más absoluto y yo me veía incapaz de recomponer el grupo, así que corrí solo con una idea muy clara en la mente: salir de allí. Aquél ser infernal aligeró el paso y de repente se colocó delante mía. Los colgajos de su rostro me dejaron sin palabras. Apretó fuertemente la pala y golpeó el suelo. El chasquido del metal contra una lápida hecha pedazos me dejó sin respiración. Miré hacia atrás incrédulo de lo que había vivido, ya estaba a punto de abandonar el cementerio y no me importaba el designio de mis acompañantes. Ya no era el guía, ahora la gente corría mientras me atropellaba y me quedé en la mitad del grupo. Todos empezábamos a suspirar porque el cementerio quedaba atrás, habíamos sobrevivido a la primera y desagradable sorpresa que nos anticipó el monje. Me percaté de que aquello no era un juego... como se indicaba claramente en la entrada que había sacado en la taquilla, aquella experiencia era "una visita sin límites al Viejo Caserón"...
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